Como cambia la relación con nuestros padres en la adultez

La relación con nuestros padres no permanece igual durante toda la vida. Cambia a lo largo del tiempo con nosotros, con nuestra forma de entender la vida y con las diferentes etapas por las que atravesamos.

En la infancia dependemos de ellos de una manera profunda. Necesitamos que nos cuiden, nos protejan y nos ayuden a regular emociones que todavía no podemos comprender o manejar por nosotros mismos. Durante esos primeros años, el vínculo con nuestras figuras de apego contribuye a construir nuestra sensación de seguridad y también algunas de las primeras ideas sobre nosotros mismos, los demás y las relaciones.

Con la adolescencia aparece una necesidad diferente: separarnos progresivamente, cuestionar, construir una identidad propia y descubrir quiénes somos más allá de nuestra familia. Una de las transformaciones más interesantes llega después, en la edad adulta, cuando tenemos la posibilidad de mirar nuestra historia con mayor perspectiva y relacionarnos con nuestros padres desde un lugar más equilibrado y consciente.

Cuando volvemos a sentirnos como el niño o la niña que fuimos

Podemos tener treinta, cuarenta o cincuenta años, una profesión, una pareja, nuestra propia casa y una vida completamente independiente y, sin embargo, al volver a estar con nuestros padres, sentir cómo aparecen reacciones que parecían olvidadas.

Una determinada frase puede despertar una irritación difícil de explicar. Podemos volver a buscar su aprobación, sentir miedo a decepcionarles, tener dificultades para decir que no o descubrir que seguimos intentando evitar ciertos conflictos como hacíamos muchos años atrás.

Desde una mirada centrada en el trauma, estas reacciones tienen sentido. Las relaciones familiares contienen mucha memoria emocional. Durante la infancia, nuestro sistema nervioso aprende qué necesita hacer para mantener el vínculo con las personas de las que depende. Si el entorno fue suficientemente seguro, aprendemos que podemos expresar lo que sentimos y seguir siendo queridos. Cuando hubo crítica, distancia emocional, imprevisibilidad, miedo o una necesidad constante de adaptarnos, podemos desarrollar otras estrategias para proteger la relación.

Podemos haber aprendido a callarnos, a anticipar el estado emocional de nuestros padres, a ser muy responsables, a cuidar de los demás, a evitar el conflicto o a intentar hacerlo todo bien. En aquel momento estas estrategias podían ayudarnos a sentirnos más seguros. Años después pueden seguir activándose de forma automática, aunque nuestra realidad y nuestros recursos sean diferentes.

La infancia deja huella, pero no define toda nuestra historia

Cuando hablamos de trauma infantil no hablamos únicamente de grandes acontecimientos. También puede dejar huella crecer sintiendo que nuestras emociones eran demasiado intensas, que teníamos que ser responsables antes de tiempo, que no podíamos molestar, que necesitábamos conseguir determinados logros para recibir reconocimiento o que teníamos que ocuparnos emocionalmente de uno de nuestros padres.

En otras familias pueden haber existido experiencias mucho más graves de abandono, violencia, abuso, enfermedad, adicciones, pérdidas o una relación profundamente impredecible con las personas que debían proporcionar seguridad.

Estas experiencias pueden influir posteriormente en la forma en que nos relacionamos con nuestros padres y también en cómo construimos nuestras relaciones adultas. Sin embargo, nuestra historia temprana no determina de forma inamovible quiénes vamos a ser. Las experiencias posteriores, las relaciones seguras y el trabajo terapéutico pueden ayudarnos a revisar esos aprendizajes y desarrollar nuevas formas de relacionarnos.

La adultez nos ofrece algo que de niños no teníamos: la posibilidad de mirar nuestra propia historia con perspectiva y empezar a elegir qué hacemos con ella.

Cuando empezamos a ver a la persona detrás de nuestros padres

Con los años podemos empezar a descubrir que detrás del rol de madre o padre existe también una persona con una historia anterior a nosotros.

Empezamos a preguntarnos cómo fue su infancia, cómo eran sus propios padres, qué pérdidas atravesaron, qué oportunidades tuvieron o qué aprendieron sobre el afecto, el miedo, la autoridad y el cuidado. Conocer estas historias puede ayudarnos a comprender de dónde proceden determinados patrones familiares.

Un padre emocionalmente distante puede haber crecido en una familia donde nunca se hablaba de emociones. Una madre muy ansiosa puede haber pasado gran parte de su infancia sintiéndose insegura. Una persona extremadamente exigente puede haber aprendido muy pronto que equivocarse tenía consecuencias.

Comprender estas historias puede cambiar nuestra mirada, pero comprender no significa justificar. Podemos reconocer que nuestros padres hicieron lo que pudieron con los recursos que tenían y, al mismo tiempo, aceptar que algunas cosas nos hicieron daño. Podemos entender de dónde viene una conducta sin aceptar que siga ocurriendo.

Desde una perspectiva del trauma intergeneracional, esta diferenciación es importante: comprender de dónde vienen determinados patrones familiares nos permite decidir con mayor conciencia cuáles queremos conservar y cuáles no queremos seguir repitiendo.

De una relación vertical a una relación más equilibrada

Durante la infancia la relación necesariamente es desigual. Los padres cuidan, protegen, deciden y asumen una responsabilidad que el niño todavía no puede asumir. En la adultez, esa estructura puede ir transformándose hacia un vínculo más horizontal.

Esto no significa que nuestros padres dejen de ser nuestros padres, sino que podemos empezar a encontrarnos también como adultos. Podemos compartir experiencias, pedirnos consejo, acompañarnos y descubrir aspectos de ellos que antes no conocíamos. En algunas familias aparece una cercanía adulta que habría sido difícil años atrás. La investigación reciente sobre padres e hijos adultos muestra que estos vínculos pueden convertirse en una fuente de apoyo emocional en ambas direcciones y adquirir una mayor reciprocidad con el paso del tiempo.

Para que exista una relación más equilibrada también necesitamos diferenciarnos. Podemos querer y respetar a nuestros padres y tomar decisiones que ellos no compartan, escuchar su opinión sin sentir que debemos obedecerla y construir una vida que quizá sea diferente a la que imaginaron para nosotros.

En familias donde el amor estuvo muy ligado a la obediencia, la culpa o la necesidad de mantener la armonía, este proceso puede resultar especialmente difícil. Muchas personas descubren en terapia que saben racionalmente que tienen derecho a poner límites y, sin embargo, cuando intentan hacerlo sienten una culpa enorme. Esa reacción emocional puede pertenecer más a lo que aprendimos dentro de nuestra familia que a lo que está ocurriendo en el presente.

Construir la relación desde la adultez

La edad adulta puede abrir posibilidades de reparación que antes no existían. Podemos mantener conversaciones que de adolescentes eran imposibles, expresar cómo vivimos determinadas experiencias y escuchar también cómo las vivieron nuestros padres.

Un padre puede reconocer un error, una madre puede escuchar algo para lo que antes no tenía recursos y un hijo adulto puede poner en palabras una necesidad que durante años quedó silenciada. Cuando ambas partes pueden escuchar y asumir cierta responsabilidad, la relación puede dejar de estar tan condicionada por los papeles que cada uno ocupaba en el pasado.

La literatura reciente sobre el trabajo terapéutico con familias de origen cuando todos sus miembros son adultos plantea precisamente una forma diferente de abordar estas relaciones. El foco ya no está únicamente en quién hizo qué durante la crianza, sino en comprender los patrones relacionales que se han mantenido en el tiempo y explorar qué responsabilidad puede asumir cada persona en la relación actual.

La reparación, cuando es posible, no consiste en cambiar el pasado ni en fingir que determinadas experiencias no ocurrieron. Consiste en poder reconocerlas, darles un significado y construir una forma diferente de relacionarnos en el presente.

Poder poner límites desde la adultez

No todas las relaciones familiares evolucionan hacia una mayor cercanía. Hay padres que pueden escuchar y revisar determinadas conductas y otros que no pueden hacerlo. En algunas familias continúan la crítica, la manipulación, la invasión de límites o dinámicas que siguen generando daño muchos años después.

Una relación adulta más consciente, por tanto, no tiene por qué significar una relación más cercana. Para algunas personas significará aprender a decir que no. Para otras, dejar de compartir determinados aspectos de su vida, reducir la frecuencia del contacto o aceptar que la relación posible es diferente de la que hubieran deseado. Cuando existe abuso, violencia o daño repetido sin posibilidad de reparación, también puede ser necesario tomar una distancia mucho mayor.

La investigación sobre distanciamiento familiar muestra que los motivos que llevan a algunos hijos adultos a reducir o interrumpir el contacto con sus padres pueden incluir abuso, traición, adicciones, conflictos persistentes, dificultades graves con los límites o ausencia prolongada de intimidad emocional. Estas decisiones pueden generar alivio y una mayor sensación de autonomía, pero también duelo, culpa y ambivalencia.

Desde una perspectiva centrada en el trauma, no existe una cantidad de contacto adecuada para todas las familias. Se trata de encontrar una forma de relacionarnse en la que el vínculo no implique renunciar constantemente a nuestra seguridad emocional, nuestros límites o nuestra identidad.

Como mirar nuestra historia desde otro lugar

Una de las tareas más complejas de la adultez puede ser aceptar que nuestros padres son personas reales y limitadas. Algunas veces podrán reconocer y reparar parte de aquello que faltó. Otras veces no tendrán los recursos emocionales para hacerlo.

También podemos encontrarnos ante una realidad especialmente dolorosa: la relación que nos hubiera gustado tener con ellos no va a ser posible. Reconocerlo puede implicar hacer un duelo, no solo por lo que ocurrió, sino también por aquello que esperábamos que algún día pudiera ocurrir. Atravesar ese duelo nos permite empezar a mirar la relación desde lo que realmente puede ser en el presente y soltar, poco a poco, aquello que ya no puede ser.

Soltar esa expectativa no significa necesariamente perdonar lo que nos hizo daño o renunciar al vínculo. Significa ajustar nuestras expectativas a la realidad y decidir desde esta postura qué relación queremos ahora como adultos y que tipo de vinculo podemos construir.

Podemos reconocer lo que recibimos sin negar lo que faltó, sentir cariño y también enfado, y comprender parte de la historia de nuestros padres sin convertirnos en responsables de ella. Esa mirada más adulta también nos permite decidir qué aspectos de nuestra historia familiar queremos conservar y cuáles queremos transformar en nuestra propia vida y en nuestras relaciones.

Aquí aparece también nuestra responsabilidad. Muchos de los patrones que aprendimos dentro de nuestra familia se incorporaron de manera inconsciente y pueden seguir presentes en cómo nos vinculamos, cómo gestionamos el conflicto, cómo ponemos límites o cómo buscamos seguridad en los demás. No elegimos lo que aprendimos cuando éramos niños, pero en la adultez sí podemos empezar a reconocerlo, comprender cuándo se activa y trabajar para no seguir repitiéndolo.

Desde una mirada centrada en el trauma, sanar el vínculo con nuestros padres no significa necesariamente conseguir que ellos cambien. Parte del proceso consiste en comprender qué aprendimos dentro de esa relación, qué seguimos reproduciendo en el presente y qué necesitamos ahora para sentirnos más seguros en nuestros vínculos.

Crecer puede permitirnos encontrarnos con nuestros padres desde otro lugar: con una mirada más adulta sobre su historia y sobre la nuestra, con mayor capacidad para poner límites y con la libertad de tener un vinculo sano sin dejar de ser nosotros mismos. Y también implica aprender a escucharnos desde nuestras necesidades como adultos. Si mantener determinada cercanía nos hace daño, podemos reconocer nuestra necesidad de poner distancia y aprender a marcar el límite que necesitamos. A veces cuidar el vínculo será acercarnos de una manera diferente y, otras veces, será aceptar que necesitamos alejarnos para poder cuidarnos. Como adultos podemos elegirla manera en la que queremos vincularnos con nuestros padres.


Referencias

Carasso, E., et al. (2026). The Role of Attachment in Emotional Support Provision Between Older Parents and Adult Children: A Dyadic Perspective.

Cordukes, K., et al. (2024). Working with adult families of origin: On the nature of the therapeutic encounter. Australian and New Zealand Journal of Family Therapy.

Nica, A. (2025). From family estrangement to empowered exits: new emotional trajectories of family relationships.


Comments

Deja un comentario

Descubre más desde Nicoleta Casangiu Psicóloga

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo