No nos han enseñado a ser felices, nos han enseñado a encajar

Hay una frase que me resuena especialmente en verano: no nos han enseñado a ser felices, nos han enseñado a encajar.

Encajar en lo que se espera de nosotros. En los planes que hacen los demás. En la idea de unas vacaciones perfectas. En la imagen que creemos que deberíamos mostrar. En lo que vemos en las redes sociales.

Y, a veces, sin darnos cuenta, incluso el descanso se convierte en una forma más de comparación.

Parece que el verano tenga que vivirse de una manera concreta: viajar, salir, tener planes, hacer fotos bonitas, estar siempre disfrutando, tener una vida social activa, publicar momentos especiales y demostrar, de alguna forma, que estamos aprovechando el tiempo.

Pero quizá disfrutar del verano no tenga tanto que ver con hacer lo que se supone que toca, sino con poder preguntarnos con honestidad: ¿qué necesito yo estas vacaciones?

Cuando el verano se convierte en una exigencia

El verano puede ser una estación muy reparadora. Hay más luz, más tiempo fuera, más posibilidad de descanso, de movimiento, de naturaleza, de encuentros y de cambio de ritmo.

Pero también puede traer presión.

La presión de tener planes. La presión de estar bien. La presión de disfrutar. La presión de tener unas vacaciones interesantes. La presión de no quedarnos fuera de lo que parece que todo el mundo está viviendo.

A veces abrimos redes sociales y vemos viajes, playas, cenas, cuerpos, parejas, familias, terrazas, aeropuertos, atardeceres y momentos aparentemente perfectos. Y aunque sepamos racionalmente que eso es solo una parte de la realidad, nuestro cuerpo puede compararse antes de que la mente lo ordene.

Podemos empezar a sentir que nuestra vida es menos interesante, que estamos descansando “mal”, que deberíamos estar haciendo más, saliendo más, viajando más, disfrutando más.

Y ahí el verano deja de ser descanso y se convierte en escaparate.

Las redes sociales y la necesidad de validación

En otro artículo del blog hablaba de cómo las redes sociales pueden ser una forma de conexión, pero también una fuente de desconexión interna cuando priorizamos la validación externa sobre el autoconocimiento y el bienestar emocional.

El problema no está necesariamente en usar redes sociales. El reto está en poder observar qué relación tenemos con ellas: qué emociones nos despiertan, si las usamos para conectar o para compararnos, y si después de estar ahí nos sentimos mejor o peor.

Las redes nos permiten compartir, expresarnos y sentirnos acompañadas/os, pero también pueden alimentar la comparación constante y la necesidad de mostrar una versión idealizada de nosotras/os mismas/os.

En verano esto puede intensificarse. No solo vivimos la experiencia, sino que muchas veces aparece una segunda capa: cómo se verá desde fuera.

¿Hago una foto? ¿Lo publico? ¿Parecerá suficientemente bonito? ¿Estoy haciendo algo interesante? ¿Estoy disfrutando tanto como los demás?

Y, poco a poco, podemos pasar de vivir el momento a observarnos viviendo el momento.

Estar en un lugar, pero no estar del todo

A veces estamos en una playa, en una terraza, en una ciudad nueva, en una cena con amigas/os o en un paseo al atardecer, pero una parte de la mente está en otro lugar.

Pensando en la foto. En el mensaje. En la comparación. En lo que falta. En lo que no estamos haciendo. En lo que otros sí parecen estar viviendo.

El problema no es hacer fotos ni compartir momentos. Las redes también pueden ser una forma bonita de memoria, de expresión y de vínculo. El problema aparece cuando la experiencia empieza a organizarse alrededor de cómo será vista.

Cuando dejamos de preguntarnos ¿me está haciendo bien esto? y empezamos a preguntarnos ¿cómo se verá esto? ¿qué pensarán los demás?

Cuando el momento deja de sentirse desde dentro y empieza a construirse para fuera, en las miradas de los demás.

Escuchar lo que el cuerpo necesita

Disfrutar del verano a nuestra manera implica volver a algo muy básico: escuchar lo que necesitamos, escuchar el cuerpo.

A veces el cuerpo necesita planes y movimiento. A veces necesita silencio. A veces necesita compañía. A veces necesita dormir. A veces necesita mar, sombra, agua, una comida sencilla, una conversación tranquila o una tarde sin hacer nada.

No todas las personas descansan igual. Para alguien, unas vacaciones reparadoras pueden ser viajar y descubrir lugares nuevos. Para otra persona, puede ser quedarse en casa, bajar el ritmo, ordenar horarios, leer, cocinar, caminar o no tener que hablar con nadie durante unas horas.

El problema aparece cuando dejamos de escucharnos y empezamos a copiar el deseo de los demás.

Cuando hacemos planes que no nos apetecen para no sentirnos fuera. Cuando llenamos los días para no sentir que estamos “perdiendo” el verano. Cuando publicamos más de lo que vivimos. Cuando confundimos estar ocupadas/os con estar disfrutando.

La importancia de desconectar de verdad

Una revisión y metaanálisis reciente sobre vacaciones y bienestar encontró que las vacaciones pueden tener un efecto positivo importante en el bienestar de las personas trabajadoras. Además, señalaba que la desconexión psicológica del trabajo y la actividad física durante las vacaciones se relacionaban especialmente con mayores beneficios.

Pero desconectar no significa solo no estar físicamente en el trabajo. También significa poder dejar de responder, anticipar, controlar, compararnos o demostrar.

A veces nos vamos de vacaciones, pero seguimos funcionando con la misma lógica del rendimiento: aprovechar, hacer, visitar, publicar, contestar, quedar, enseñar, demostrar que estamos bien.

Descansar también implica poder salir un poco de esa lógica. No tener que convertir cada día en algo especial. No tener que justificar el descanso. No tener que vivir el verano como una prueba de felicidad.

Estar presentes no significa estar siempre en calma

Estar presentes no significa que todo sea bonito, perfecto o tranquilo. Tampoco significa no tener pensamientos, no mirar el móvil o no hacer fotos nunca.

Estar presentes significa poder darnos cuenta de dónde estamos y cómo estamos.

Poder notar si estamos cansadas/os. Si algo nos apetece de verdad. Si necesitamos parar. Si estamos haciendo algo por deseo o por presión. Si estamos compartiendo un momento porque nos nace o porque necesitamos sentir que nuestra vida tiene valor cuando alguien la mira y la valida.

Un estudio reciente sobre turismo y mindfulness encontró que la capacidad de estar en el momento presente durante los viajes puede ayudar a ajustar expectativas, favorecer una experiencia más significativa y reducir el estrés posterior al viaje.

No se trata de convertir las vacaciones en un ejercicio de meditación. Se trata de poder estar más disponibles para la experiencia que estamos viviendo.

A veces estar presentes es simplemente comer sin prisa. Nadar sin pensar en la foto. Caminar sin tener que grabarlo. Mirar una puesta de sol sin convertirla inmediatamente en contenido. Quedarnos en una conversación sin revisar el móvil. Dejar que algo sea suficiente aunque nadie más lo vea.

No todo lo que se disfruta necesita ser publicado

Hay momentos que quizá necesitan quedarse solo en nosotras/os.

Un café lento. Una mañana sin planes. Una siesta. Una conversación íntima. Un baño en el mar. Un paseo por una calle tranquila. Un libro. Un abrazo. Un silencio cómodo. Un atardecer que no fotografiamos porque, por una vez, decidimos mirarlo directamente.

No porque publicar esté mal, sino porque también necesitamos recuperar la experiencia de vivir algo sin convertirlo en imagen.

Cuando todo se comparte, a veces perdemos un pequeño espacio donde las cosas simplemente son. Sin evaluación. Sin likes. Sin esperar la validación.

Y ese espacio también es descanso.

El cuerpo como brújula

La psicología actual está volviendo a dar mucha importancia a la interocepción, es decir, la capacidad de percibir las señales internas del cuerpo: cansancio, hambre, tensión, respiración, necesidad de pausa, incomodidad o bienestar.

Una revisión reciente en contexto clínico señala que la conciencia interoceptiva es importante para comprender la salud mental, porque muchas señales corporales llegan a la conciencia cuando el equilibrio interno se altera, como ocurre con el estrés o la ansiedad.

Esto es muy importante también en vacaciones.

Porque a veces no necesitamos preguntarnos qué deberíamos hacer, sino qué nos está pidiendo el cuerpo.

¿Estoy cansada/o? ¿Estoy disfrutando o estoy cumpliendo? ¿Quiero este plan o necesito descansar? ¿Estoy conectando con alguien o estoy evitando estar conmigo? ¿Estoy usando el móvil para compartir o para no sentir? ¿Este verano se parece a mí o se parece a lo que creo que debería ser?

Escuchar el cuerpo no significa hacer siempre lo que nos apetece de forma impulsiva. Significa incluirnos en la decisión. No vivir el descanso como otra obligación más.

Disfrutar a nuestra manera

Disfrutar a nuestra manera puede ser profundamente sencillo.

Puede ser irnos lejos o quedarnos cerca. Salir mucho o salir poco. Ver gente o descansar de la gente. Hacer planes o no hacer casi nada. Publicar o no publicar. Viajar o repetir el mismo lugar de siempre. Tener días muy sociales y días de silencio.

Lo importante no es que el verano parezca bonito desde fuera. Lo importante es que tenga sentido para nosotras/os.

A veces encajar nos aleja de lo que necesitamos. Nos hace elegir desde la comparación, desde la expectativa o desde el miedo a quedarnos fuera. Y cuando vivimos demasiado pendientes de encajar, podemos acabar desconectándonos de nuestro propio deseo.

No nos han enseñado siempre a preguntarnos qué necesitamos. Muchas veces nos han enseñado a adaptarnos, agradar, rendir, mostrar, cumplir o parecer.

Pero el descanso necesita otra pregunta.

No tanto: ¿qué debería estar haciendo este verano?

Sino:

¿qué me haría bien a mi de verdad?

Un verano más propio

Quizá disfrutar del verano no consiste en tener el mejor plan, la mejor foto o la mejor historia que contar.

Quizá consiste en poder bajar un poco el ruido. Escuchar más el cuerpo. Elegir con más honestidad. Compararnos menos. Estar menos pendientes de demostrar que estamos viviendo.

Y vivir un poco más.

Las redes pueden acompañar, pero no deberían sustituir la experiencia. Pueden mostrar un momento, pero no deberían decidir qué momentos valen. Pueden conectar, pero no deberían alejarnos de nuestro propio cuerpo, de nuestro descanso y de nuestras necesidades reales.

Este verano, quizá podemos probar algo pequeño.

Antes de publicar, preguntarnos si hemos estado ahí.

Antes de decir que sí a un plan, preguntarnos si realmente queremos ir.

Antes de compararnos, recordar que no estamos viendo la vida completa de nadie.

Antes de exigirnos disfrutar, permitirnos escuchar qué necesitamos.

Porque quizá la felicidad no se parece tanto a encajar.

Quizá se parece más a poder habitar nuestra propia vida sin tener que demostrarla todo el tiempo.

Cuidar de una misma/o no es autocomplacencia, ni egoismo, es autopreservación. En un mundo que nos empuja constantemente a rendir, agradar, compararnos y encajar, permitirnos descansar, disfrutar y vivir a nuestra manera también puede ser un pequeño acto de resistencia.


Referencias

Grant, R. L., et al. (2025). I need a vacation: A meta-analysis of vacation and employee well-being. Journal of Applied Psychology.

Li, Y., et al. (2024). How mindfulness training changes tourist experience: An exploratory study. Tourism Management Perspectives.

Zamariola, G., et al. (2024). Interoceptive awareness in a clinical setting: the need to bring interoceptive perspectives into clinical evaluation. Frontiers in Psychology.

Nicoleta Casangiu. (2024). Redes Sociales y Salud Emocional: ¿Conexión o Desconexión Interna?

Nicoleta Casangiu. (2024). La Relación Entre el Uso Adictivo de las Redes Sociales, el Narcisismo y la Autoestima.


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