En mi trabajo como psicóloga especializada en trauma, a menudo acompaño a personas que llevan consigo heridas emocionales profundas y difíciles de nombrar. No siempre se originan en un único acontecimiento, sino en una ausencia prolongada de seguridad en los vínculos tempranos.
A eso lo llamamos trauma de apego.
Qué es el trauma de apego
El trauma de apego se desarrolla cuando, en la infancia, las figuras que debían ofrecer protección y consuelo emocional fueron también fuente de miedo, rechazo o desconexión.
No siempre implica violencia explícita; a veces nace de algo más silencioso: la experiencia repetida de no sentirse visto, comprendido o consolado.
En estos contextos, el niño aprende que la cercanía puede ser peligrosa.
El sistema nervioso, aún en desarrollo, se adapta fragmentando la experiencia emocional: apartando lo que duele para poder seguir funcionando.
Esa fragmentación es lo que, en la edad adulta, reconocemos como disociación.
Qué significa disociar
La disociación no es algo malo, sino una forma de protección.
Es el modo en que la mente se desconecta del dolor cuando no hay recursos externos que ayuden a sostenerlo.
Es una respuesta automática, inteligente y profundamente humana: una manera de preservar la vida emocional cuando sentir resulta insoportable.
La disociación puede manifestarse como:
- Sensación de desconexión del cuerpo o del presente.
- Dificultad para recordar ciertos momentos o periodos.
- Emociones aplanadas o ausencia de reacción.
- Sensación de observarse desde fuera o de “no estar del todo aquí”.
En terapia, muchas personas lo describen así: «Estoy, pero no estoy «
Aquello que un día protegió, con el tiempo se convierte en una barrera que dificulta la conexión —consigo mismo y con los demás—.
En qué trastornos puede aparecer la disociación
La disociación no pertenece a un solo diagnóstico, sino que atraviesa distintos cuadros clínicos.
Puede observarse en personas con trastorno de estrés postraumático (TEPT o TEPT complejo), trastornos de la personalidad (como el límite o el evitativo), trastornos disociativos —como la amnesia disociativa o el trastorno de identidad disociativo—, e incluso en depresiones resistentes, fobias, trastornos alimentarios o adicciones.
En muchos casos, no se reconoce fácilmente porque puede presentarse como una desconexión emocional, una sensación de vacío o la dificultad para sentir placer o dolor.
Comprender la disociación desde la historia del trauma permite a la persona dejar de verse como “defectuosa” y entender que su mente hace lo que aprendió para sobrevivir.
El vínculo entre apego y disociación
El trauma de apego y la disociación están profundamente entrelazados.
Las investigaciones muestran que los niños que crecen con un cuidado inconsistente, aterrador o emocionalmente ausente tienden a desarrollar un apego desorganizado: un patrón en el que coexisten la necesidad de cercanía y el miedo a ella.
En esos casos, la mente infantil se divide: una parte busca la conexión con la figura cuidadora (para sobrevivir), mientras otra se desconecta del miedo o del dolor.
Esa división interna se convierte, más adelante, en la base de los patrones disociativos del adulto.
Cuando una persona con trauma de apego comienza a sentirse emocionalmente cercana a alguien, esa misma cercanía puede activar la disociación —porque el cuerpo recuerda que en el pasado “acercarse” era también exponerse al daño—.
En terapia: acompañar con suavidad
Trabajar con la disociación requiere paciencia, presencia y respeto por su función protectora.
Antes de invitar a la persona a “sentir más”, es esencial ayudar al cuerpo a sentirse lo suficientemente seguro como para poder sentir.
Técnicas de anclaje corporal, ritmo pausado, estimulación bilateral (como en EMDR) y trabajo relacional permiten restaurar la continuidad entre mente, cuerpo y emoción.
No se trata de luchar contra la disociación, sino de escucharla.
Cada desconexión cuenta una historia de supervivencia.
El trabajo terapéutico consiste en acompañar con cuidado ese muro protector, hasta que pueda ablandarse y dejar espacio para la conexión.
Un lenguaje de compasión
La disociación puede entenderse como un ritmo protector que la psique creó hace mucho tiempo.
Es como si, ante una tensión insoportable, la mente hubiera aprendido a salir de la habitación para poder respirar.
La terapia invita a esas partes disociadas a volver, poco a poco, cuando el entorno es lo bastante seguro para hacerlo.
Sanar el trauma de apego no significa borrar lo vivido, sino permitir que vuelva la totalidad donde antes había fragmentos.
Referencias
- Schimmenti, A. & Caretti, V. (2016). Vincular lo abrumador con lo insoportable: trauma del desarrollo, disociación y el yo desconectado. Psychoanalytic Psychology, 33(1), 106–128.
- Lyons-Ruth, K., Dutra, L., Schuder, M., & Bianchi, I. (2006). Del apego desorganizado en la infancia a la disociación en la adultez: ¿adaptaciones relacionales o experiencias traumáticas? Psychiatry, 69(4), 280–305.
- Liotti, G. (2004). Un modelo de disociación basado en la teoría y la investigación del apego. Journal of Trauma & Dissociation, 5(1), 55–73.
- Dorahy, M. J., & van der Hart, O. (2023). Abordar los síntomas disociativos desde una perspectiva centrada en el apego. Journal of Trauma & Dissociation, 24(2), 1–19.
- Farina, B., et al. (2022). Trauma-Related Dissociation and the Dissociative Disorders. Frontiers in Psychology, 13, 916240.


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