Cada segundo domingo de mayo, florecen las flores y se multiplican los abrazos. Más allá del gesto, del regalo o del “te quiero”, hay algo más profundo que merece nuestra atención: el vínculo invisible pero determinante que tejemos con nuestra madre desde los primeros días de vida. Ese hilo emocional que nos nutre, nos da forma y nos sigue, incluso cuando ya no está: el apego.
¿Por qué hablar de apego en el Día de la Madre?
Porque no hay regalo más valioso que una presencia emocionalmente disponible. Un estudio reciente de Levy y Johnson (2019) enfatiza que la función de la madre como “base segura” es una piedra angular en el desarrollo de la regulación emocional y la resiliencia. No se trata de perfección, sino de disponibilidad. De estar. De sostener.
Y es que, como revela la investigación de Woodhouse et al. (2015), incluso las intervenciones psicoterapéuticas breves centradas en el apego madre-infante pueden mejorar de forma significativa el bienestar tanto de la madre como del bebé, aumentando la sensibilidad maternal y fomentando relaciones más seguras. La calidad del vínculo temprano no solo afecta la infancia: se proyecta en nuestra autoestima, en cómo confiamos, en cómo amamos.
La madre: más que cuidadora
El apego no es un instinto automático. Es una danza. Y en esa danza, la madre guía los primeros pasos. El estudio más reciente de Nordahl (2023) encontró que las madres con estilos de apego seguros y menor carga de esquemas disfuncionales tempranos tienden a generar vínculos más saludables con sus hijos, incluso en los primeros cuatro meses de vida.
Esto confirma lo que Bowlby (1977) defendía desde hace décadas: la figura materna no es solo figura, es estructura. Es el plano desde el cual se construye nuestra arquitectura interna: ¿Me siento digno de amor? ¿Puedo confiar en el otro? ¿Está bien pedir ayuda?
Reparar, no repetir
Para muchas madres, esta danza puede estar llena de tropiezos. Quizá no tuvieron una madre que supo sostener, o llevan cicatrices invisibles de vínculos rotos. Aquí entra en escena la psicoterapia. Desde un enfoque de mentalización —como propone Markin (2013)—, el trabajo con madres en gestación o en etapas tempranas de crianza puede abrir caminos hacia una mayor conciencia y un vínculo más saludable con sus hijos.
Cuando una madre sana su propio apego, interrumpe un ciclo. “La transformación ocurre no por lo que enseñamos a nuestros hijos, sino por lo que nos atrevemos a sentir y reparar en nosotras mismas”, decía una terapeuta en una de estas investigaciones.
Celebrar el apego
Hoy no celebremos solo a las madres que hacen. Celebremos a las que sienten, las que sostienen, las que se atreven a reparar, incluso sin haber tenido mapas. A las que están presentes, aún con dudas. A las que, con cada mirada cálida, tejen la red de seguridad desde donde sus hijos aprenden a volar.
Y si hoy, tu relación con tu madre está llena de sombras, o si ya no está físicamente contigo, puedes honrar ese vínculo desde otro lugar: mirando hacia adentro, comprendiendo qué necesitas para sentirte seguro, amado, contenido. Porque el apego seguro no es una garantía de cuna: también puede cultivarse, con consciencia y amor, desde la adultez.
Fuentes
- Levy, K. N., & Johnson, B. N. (2019). Attachment and psychotherapy: Implications from empirical research. Canadian Psychology.
- Woodhouse, S. S., Lauer, M., Beeney, J. R. S., & Cassidy, J. (2015). Psychotherapy process and relationship in the context of a brief attachment-based mother-infant intervention. Psychotherapy.
- Markin, R. D. (2013). Mentalization-based psychotherapy interventions with mothers-to-be. Psychotherapy.
- Nordahl, D. (2023). Transition to motherhood: Maternal well-being and mother-child bonding until four months postpartum. University of Tromsø.


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