La expresión emocional en hombres y mujeres

Lo que aprendemos, lo que callamos y cómo impacta en la pareja

Cuando una relación empieza a doler, muchas personas se preguntan si el problema es que sienten demasiado… o que el otro siente poco.

En consulta, esta pregunta aparece con frecuencia. Y casi siempre la respuesta apunta en la misma dirección:
el conflicto no está en la emoción en sí, sino en cómo se expresa, cómo se recibe y qué lugar tiene dentro del vínculo.

La forma en que mostramos lo que sentimos no es espontánea ni neutra.
Es una habilidad aprendida, moldeada por la familia, la cultura y las primeras relaciones significativas.


¿Hombres y mujeres sienten distinto?

Durante mucho tiempo se ha sostenido que hombres y mujeres sienten de manera diferente.
La investigación psicológica actual matiza esta idea: las diferencias no están tanto en la intensidad emocional como en la forma de expresarla y regularla.

Diversos estudios muestran que, en promedio, muchas mujeres han sido socializadas para poner palabras a la emoción, compartir lo que sienten y buscar apoyo, mientras que muchos hombres han aprendido a contener, minimizar o desplazar la emoción hacia la acción o el silencio. No por biología, sino por aprendizaje relacional y cultural.

Meta-análisis sobre expresión emocional y género indican que estas diferencias se reducen notablemente cuando cambia el contexto: cuando hay más seguridad, menos presión normativa y mayor permiso emocional, hombres y mujeres expresan emociones de forma mucho más similar de lo que solemos pensar (Brody & Hall, 2010; Fischer et al., 2018).

Esto nos lleva a una idea clave: no es que unos sientan más y otros menos, sino que la emoción ha aprendido caminos distintos para salir… o para quedarse dentro.


La cultura emocional que habitamos

La cultura actúa como un marco silencioso que define qué emociones tienen permiso y cuáles no.
En muchas sociedades occidentales, la tristeza, el miedo o la vulnerabilidad están más legitimadas en las mujeres, mientras que en los hombres se toleran mejor la rabia, el autocontrol o la distancia emocional.

Este reparto no solo limita la expresión individual.
También organiza las expectativas dentro de la pareja.

Cuando una emoción no tiene permiso cultural, no desaparece.
Suele manifestarse en el cuerpo, en el cansancio crónico, en la irritabilidad o en el silencio prolongado.

Estudios recientes muestran que incluso dentro de relaciones estables muchas personas sienten una presión sutil para no expresar emociones negativas, especialmente en momentos de conflicto. Warning et al. (2024/2025) encontraron que esta presión —aunque no siempre sea explícita ni malintencionada— se asocia con mayor supresión emocional y mayor malestar, afectando al bienestar de ambos miembros de la pareja.


Cómo se aprende a expresar las emociones en la familia

La forma en que una persona expresa o reprime sus emociones se aprende muy pronto, en el contexto familiar.

No tanto por lo que se dice, sino por cómo reaccionan las figuras de cuidado cuando la emoción aparece.

Si al llorar hubo consuelo, presencia o curiosidad, el sistema nervioso aprendió que sentir es seguro.
Si la emoción generó incomodidad, enfado o distancia, el mensaje implícito fue otro: esto no tiene lugar aquí.

Desde la teoría del apego sabemos que la regulación emocional es inicialmente relacional. Bowlby ya señalaba que nadie aprende a calmarse solo: aprendemos a hacerlo a través del otro. Cuando esa respuesta fue inconsistente, invasiva o ausente, la emoción se convierte en algo que hay que controlar, esconder o intensificar para ser visto.

Estas adaptaciones tempranas no son errores.
Son estrategias de supervivencia emocional.


Modelos parentales y roles emocionales

Además de las reglas explícitas, aprendemos observando.
Cómo expresan las emociones los padres o cuidadores se convierte en un modelo interno.

En muchas familias se asignan, sin darse cuenta, roles emocionales:

  • quien cuida
  • quien calma
  • quien no molesta
  • quien explota

Estos roles suelen mantenerse en la vida adulta y reaparecen con fuerza en la pareja.

Aquí se entrelazan familia y cultura: niñas que aprenden a estar atentas al clima emocional y a sostener; niños que aprenden a no mostrar fragilidad o a desconectar para protegerse. No por elección consciente, sino porque así se organizó la seguridad emocional en el origen.


Apego adulto y expresión emocional en la pareja

Las investigaciones sobre apego adulto muestran patrones muy claros.
Personas con apego evitativo tienden a suprimir la emoción para proteger el vínculo; personas con apego ansioso tienden a intensificarla para buscar conexión (Mikulincer & Shaver, 2016).

Ninguno de estos estilos es el problema en sí.
El problema aparece cuando la pareja no logra co-regular la emoción.

Un estudio reciente de Sels et al. (2025) observó parejas durante conversaciones de alto riesgo emocional. Los resultados mostraron que la supresión emocional durante estos momentos se asocia con menor sensación de cercanía y menor percepción de ser comprendido, independientemente del género. No es quién suprime, sino cuándo y para qué.


El impacto en el vínculo de pareja

La emoción no expresada no desaparece: se desplaza.
Y cuando se desplaza de forma repetida, el vínculo se resiente.

Investigaciones observacionales en parejas reales muestran que no es la emoción negativa la que deteriora la relación, sino la dificultad para regularla juntos. McCurry et al. (2024) encontraron que durante discusiones de conflicto, la emoción negativa no regulada de ambos miembros predice mayor escalada agresiva. El problema no es individual, sino diádico.

Muchas personas se callan no por falta de amor, sino por miedo a perder al otro o a ser demasiado.
El silencio se convierte en protección, y la distancia en una forma de cuidado mal entendida.


La pareja como segundo espacio de aprendizaje

La buena noticia es que la forma de expresar las emociones no queda fijada para siempre.

La relación de pareja —y la terapia— puede convertirse en un segundo espacio de aprendizaje emocional.
Un lugar donde ensayar nuevas formas de decir, sentir y escuchar.

No se trata de sentir igual, sino de crear un lenguaje emocional compartido, donde la diferencia no se viva como amenaza.

Cuando la emoción deja de ser algo que hay que controlar o evitar,
empieza a cumplir su función más profunda: acercar.


Referencias
  • Bowlby, J. (1988). A Secure Base: Parent-Child Attachment and Healthy Human Development.
  • Mikulincer, M., & Shaver, P. R. (2016). Attachment in Adulthood: Structure, Dynamics, and Change.
  • Versyp, O., et al. (2024/2025). Pressure to not feel bad among romantic partners. Cognition and Emotion.
  • Sels, L., et al. (2025). The use and consequences of expressive suppression in high- and low-risk relationship discussions. Emotion.
  • McCurry, A. G., et al. (2024). Both partners’ negative emotion drives aggression during conflict discussions. Nature Human Behaviour.
  • Brody, L. R., & Hall, J. A. (2010). Gender, emotion, and expression.
  • Fischer, A. H., et al. (2018). Gender differences in emotion: the role of social context.

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